LOS ALGORITMOS QUE DESHUMANIZAN
Autora: Mireya Lara Saavedra
Mucho antes del silicio y la pantalla, en las dunas de un desierto soberano; el pensamiento construyó su malla con la paciencia del ingenio humano. No nació en el metal ni en la corriente, sino en el mapa de un saber antiguo; un puente entre lo exacto y lo ambiguo, trazado por la mente en el Oriente.
Del latín algorithmus brotó la palabra, herencia del sabio Al-Juarismi, que midió el espacio, una llave maestra que todo lo abra, un rio de pasos que avanza despacio. Aquel orden lógico de números y de astros deja en la historia sus eternos rastros: las leyes puras, las distancias hechas. Los algoritmos fueron diseñados para resolver el caos en un compás preciso, reglas de arena, de álgebra y de tinta. Nunca buscó ser una máquina sumisa, sino una luz de dirección distinta, en el fondo, pensamiento filosófico-espiritual (secreto iniciático).
Pero en el devenir histórico del hombre, que no es una ecuación perfecta ni una variable que se pueda predecir; su gloria más pura es saber fallar en el sagrado derecho de disentir y contradecir, si acaso aceptar la equivocación en diseños defectuosos con filtros de burbuja y polarización radical que alteran y manipulan los mismos, por intereses mercantiles que hoy controlan, manipulan, discriminan la percepción de la realidad y dictan el destino de la gente.
No entiende de lágrimas ni de heridas, no sabe del frío en la madrugada; la complejidad de un tejido social y ecosistema natural lo reduce a una métrica medida. Optimiza el dolor, calcula el deseo, susurra la máquina en su letargo, clasifica la angustia en un bit binario. Nos vuelve el rebaño de un falso calvario, atrapados en pantallas de humo y mapeo.
Fuera de la sabiduría interior, los algoritmos deshumanizan al reducir la complejidad de los diversos entornos, la empatía y el contexto humano a simples métricas cuantificables. Alterada lógica matemática encierra a los usuarios en burbujas ideológicas, mercantiliza la subjetividad y sustituye la interacción genuina por respuestas automatizadas y prioriza la eficiencia del sistema capitalista hiperindividualista sobre la comprensión del individuo social, colectivo y comunitario.
El impacto de la deshumanización del algoritmo se manifiesta en varios ámbitos críticos: no busca educar al infante, ni abrir las ventanas de su pensamiento; le roba paciencia, quiere su tiempo, su atención constante, volver su asombro un negocio al momento, ganando una guerra donde nadie batalla. Cambiaron el viento, el patio, la acera, por el laberinto de un frío jardín. No somos el flujo de una IA obediente, ni el perfil exacto que el mercado doma; somos la corriente de un río disidente, el dolor que quema, el amor que asoma. Frente a su pantalla de cristal y olvido, alzamos el puño, la carne y la voz. Mientras quede un pecho que tiemble herido, no podrá el sistema ganarnos el dios. Que sigan las máquinas hilando su trama, calculando el precio de nuestra emoción. Mientras quede un hombre que sufra y que ama. habrá poesía… y habrá rebelión.
